
DIJO UN EXPLORADOR ESPAÑOL de principios del siglo XIX que cruzar las veinte leguas que separaban las costas españolas y la ciudad de Tánger era algo así como emprender un viaje a otro planeta. Domingo Badía, oculto tras la identidad falsa del príncipe otomano Alí Bey, se encontró un país anclado en la edad media, que recelaba de todo aquel que llegaba del exterior y que vivía a espaldas de lo que estaba sucediendo más allá de sus límites. Hablar de veinte siglos de diferencia, tal como exageró Badía, ya no tiene sentido en un mundo global donde el móvil o internet se han convertido en iconos de modernidad en casi cualquier rincón del mundo. Pero sí es cierto que cuando uno aterriza por primera vez en Marrakech tiene la sensación de andar en otro planeta.
Más allá de las calles atestadas de gentes, burros, tiendas, picaros y mercaderías de todo tipo, hay algo que flota en el ambiente que te hace fantasear con viajes lejanos pese a que apenas hace dos horas que has salido de casa. El punto culminante de este choque llega cuando pierdes de vista el cielo entre los muros apretados de la medina y desde ese azul invisible oculto por callejones, arcos y voladizos que cubren toda la calle llegan las voces lastimeras de la llamada a la oración. Es un momento casi místico. De golpe y porrazo te sientes transportado hacia fantasías orientales y recuperas la noción de viaje. De viaje en mayúsculas. No importan las cámaras de fotos, los pantalones cortos o las gorras ridículas. Uno deja de ser un turista y, durante los minutos que dura la ilusión, se convierte en un viajero como los de antes.

Marrakech, con algo más de un millón doscientas mil almas, es la cuarta ciudad de Marruecos. Una encrucijada de caminos que conectan el norte del país con los escasos pasos naturales que, antaño, permitían salvar la barrera del Atlas para buscar las rutas caravaneras que atraviesan el cercano desierto del Sahara. Y esta condición de ciudad de paso la convirtió en una de las urbes más activas del medievo norteafricano. Sus inicios como puesto militar para defender estas rutas entre las montañas no impidieron que se convirtiera en un enclave comercial de primer nivel. Capital de imperios, zoco a las puertas del desierto, urbe que acabó dando el nombre a todo un país, centro de refinamiento cultural que rivalizó con la mismísima Córdoba o Sevilla. Todo eso y más es Marrakech, una ciudad que atrae por su exotismo, su historia, sus zocos y por el importante legado patrimonial que atesora.
Conocida en España por ser un auténtico paraíso de las compras, la ciudad rosa oferta también un buen puñado de monumentos, una cultura rica y tesoros gastronómicos que convierten a la medina en uno de los atractivos turísticos más importantes del país vecino. Mezquitas, palacios, fuentes monumentales, tumbas y santuarios son el punto fuerte de una ciudad que se vive puertas adentro. Porque Marrakech es un conglomerado de interiores, una urbe de lujo oriental que sólo se manifiesta puertas adentro. Las sencillas tapias rosas de cualquier callejón desangelado suelen esconder verdaderas joyas del buen saber vivir marroquí que se manifiesta a través de umbríos patios cubiertos de vegetación, estancias con impresionantes techos de madera pintada o complicados diseños geométricos en suelos y azulejos que convierten cualquier habitación, por pequeña que ésta esa, en una verdadera joya de la arquitectura y de lo excesivo.

YA LO COMENTÓ el mismísimo Elías Canetti cuando visitó la ciudad allá en 1954. El ganador del Premio Nóbel de Literatura habló de “casas como murallas” y de esa sensación de pasear “entre muros aunque se sabe a ciencia cierta que son viviendas”. La medina es un intrincado laberinto de altas paredes de un omnipresente color rosa donde predominan sentidos como el olfato o el oído antes que la vista. Uno se acostumbra a la monótona sucesión de esquinas de trazado imposible y a los arcos que llevan a callejuelas cegadas cuando, como por arte de magia, surge la portada decorada de una mezquita, o un detalle de virtuosismo en madera o yeso que anuncia la presencia de una casa. Pero la mayor parte de este laberinto color rosa es una sucesión de tapiales donde lo perpendicular o lo paralelo no son más que conceptos de una geometría imposible de aplicar a lo cotidiano.
Quizás por eso sorprenden espacios como la Madrasa de Ben Youssef. No sólo porque desde su patio central se recupera el concepto de cielo que dan los espacios abiertos. Lo que realmente sorprende es el contraste de la sencillez exterior y la grandiosidad del interior. Y la norma se repite a lo largo y ancho de la ciudad. A gran escala en los palacios y a pequeña en los riads (casas tradicionales de la medina que, en bastantes casos, se están convirtiendo en pequeños hoteles) de la medina. Antiguas casas nobles que guardan pequeños patios umbríos cubiertos de celosías pintadas de vivos colores, paredes adornadas con azulejos de intrincados diseños geométricos y maderas primorosamente decoradas. Pero son paraísos cerrados; pequeños oasis de privacidad guardados por una envoltura hostil que ni siquiera el omnipresente color rosa puede suavizar. Un laberinto que se abre de súbito y sin que sirva de precedente en la algarabía de una Jemaa El Fna que no descansa nunca.

Y TE DEJAS ARRASTRAR por un cúmulo de sensaciones que llega a abrumar. Las voces de la gente, las pinceladas de color en el lienzo de rojos pálidos, los olores... Los olores son una parte importante de la ciudad. Para lo bueno y para lo malo. En esto es también la medina un lugar propicio para el contraste. Se pasa en apenas unos metros del desagradable aroma de la basura acumulada en una calle al dulzor picón de las tiendas de especias; pasa un carro cargado de menta y poco después, otro con excrementos de paloma que irán a una de las famosas curtidurías de pieles de la ciudad. Y todo es así. Un puro extremo que va desde lo visual a lo olfativo. Marrakech, en definitiva.
Una ciudad en el que el muro desnudo y medio caído convive con una puerta de belleza sublime. Donde huele a canela y, a unos pocos pasos, a mierda. Un sitio donde, caminando cogidas de la mano, puedes ver a una chica de exuberante figura que enseña sin ningún tipo de pudor sus redondos encantos y a otra tapada de pies a cabeza con los ropajes pesados de la interpretación más rigurosa de las leyes de un islam malinterpretado al capricho de los hombres. Y todo lo demás es, también, así. Quizás por eso sea tan fascinante a nuestros ojos.


