domingo 15 de noviembre de 2009

Marrakech; pinceladas desde el laberinto rosa


DIJO UN EXPLORADOR ESPAÑOL de principios del siglo XIX que cruzar las veinte leguas que separaban las costas españolas y la ciudad de Tánger era algo así como emprender un viaje a otro planeta. Domingo Badía, oculto tras la identidad falsa del príncipe otomano Alí Bey, se encontró un país anclado en la edad media, que recelaba de todo aquel que llegaba del exterior y que vivía a espaldas de lo que estaba sucediendo más allá de sus límites. Hablar de veinte siglos de diferencia, tal como exageró Badía, ya no tiene sentido en un mundo global donde el móvil o internet se han convertido en iconos de modernidad en casi cualquier rincón del mundo. Pero sí es cierto que cuando uno aterriza por primera vez en Marrakech tiene la sensación de andar en otro planeta.

Más allá de las calles atestadas de gentes, burros, tiendas, picaros y mercaderías de todo tipo, hay algo que flota en el ambiente que te hace fantasear con viajes lejanos pese a que apenas hace dos horas que has salido de casa. El punto culminante de este choque llega cuando pierdes de vista el cielo entre los muros apretados de la medina y desde ese azul invisible oculto por callejones, arcos y voladizos que cubren toda la calle llegan las voces lastimeras de la llamada a la oración. Es un momento casi místico. De golpe y porrazo te sientes transportado hacia fantasías orientales y recuperas la noción de viaje. De viaje en mayúsculas. No importan las cámaras de fotos, los pantalones cortos o las gorras ridículas. Uno deja de ser un turista y, durante los minutos que dura la ilusión, se convierte en un viajero como los de antes.

Marrakech, con algo más de un millón doscientas mil almas, es la cuarta ciudad de Marruecos. Una encrucijada de caminos que conectan el norte del país con los escasos pasos naturales que, antaño, permitían salvar la barrera del Atlas para buscar las rutas caravaneras que atraviesan el cercano desierto del Sahara. Y esta condición de ciudad de paso la convirtió en una de las urbes más activas del medievo norteafricano. Sus inicios como puesto militar para defender estas rutas entre las montañas no impidieron que se convirtiera en un enclave comercial de primer nivel. Capital de imperios, zoco a las puertas del desierto, urbe que acabó dando el nombre a todo un país, centro de refinamiento cultural que rivalizó con la mismísima Córdoba o Sevilla. Todo eso y más es Marrakech, una ciudad que atrae por su exotismo, su historia, sus zocos y por el importante legado patrimonial que atesora.

Conocida en España por ser un auténtico paraíso de las compras, la ciudad rosa oferta también un buen puñado de monumentos, una cultura rica y tesoros gastronómicos que convierten a la medina en uno de los atractivos turísticos más importantes del país vecino. Mezquitas, palacios, fuentes monumentales, tumbas y santuarios son el punto fuerte de una ciudad que se vive puertas adentro. Porque Marrakech es un conglomerado de interiores, una urbe de lujo oriental que sólo se manifiesta puertas adentro. Las sencillas tapias rosas de cualquier callejón desangelado suelen esconder verdaderas joyas del buen saber vivir marroquí que se manifiesta a través de umbríos patios cubiertos de vegetación, estancias con impresionantes techos de madera pintada o complicados diseños geométricos en suelos y azulejos que convierten cualquier habitación, por pequeña que ésta esa, en una verdadera joya de la arquitectura y de lo excesivo.

YA LO COMENTÓ el mismísimo Elías Canetti cuando visitó la ciudad allá en 1954. El ganador del Premio Nóbel de Literatura habló de “casas como murallas” y de esa sensación de pasear “entre muros aunque se sabe a ciencia cierta que son viviendas”. La medina es un intrincado laberinto de altas paredes de un omnipresente color rosa donde predominan sentidos como el olfato o el oído antes que la vista. Uno se acostumbra a la monótona sucesión de esquinas de trazado imposible y a los arcos que llevan a callejuelas cegadas cuando, como por arte de magia, surge la portada decorada de una mezquita, o un detalle de virtuosismo en madera o yeso que anuncia la presencia de una casa. Pero la mayor parte de este laberinto color rosa es una sucesión de tapiales donde lo perpendicular o lo paralelo no son más que conceptos de una geometría imposible de aplicar a lo cotidiano.

Quizás por eso sorprenden espacios como la Madrasa de Ben Youssef. No sólo porque desde su patio central se recupera el concepto de cielo que dan los espacios abiertos. Lo que realmente sorprende es el contraste de la sencillez exterior y la grandiosidad del interior. Y la norma se repite a lo largo y ancho de la ciudad. A gran escala en los palacios y a pequeña en los riads (casas tradicionales de la medina que, en bastantes casos, se están convirtiendo en pequeños hoteles) de la medina. Antiguas casas nobles que guardan pequeños patios umbríos cubiertos de celosías pintadas de vivos colores, paredes adornadas con azulejos de intrincados diseños geométricos y maderas primorosamente decoradas. Pero son paraísos cerrados; pequeños oasis de privacidad guardados por una envoltura hostil que ni siquiera el omnipresente color rosa puede suavizar. Un laberinto que se abre de súbito y sin que sirva de precedente en la algarabía de una Jemaa El Fna que no descansa nunca.

Y TE DEJAS ARRASTRAR por un cúmulo de sensaciones que llega a abrumar. Las voces de la gente, las pinceladas de color en el lienzo de rojos pálidos, los olores... Los olores son una parte importante de la ciudad. Para lo bueno y para lo malo. En esto es también la medina un lugar propicio para el contraste. Se pasa en apenas unos metros del desagradable aroma de la basura acumulada en una calle al dulzor picón de las tiendas de especias; pasa un carro cargado de menta y poco después, otro con excrementos de paloma que irán a una de las famosas curtidurías de pieles de la ciudad. Y todo es así. Un puro extremo que va desde lo visual a lo olfativo. Marrakech, en definitiva.

Una ciudad en el que el muro desnudo y medio caído convive con una puerta de belleza sublime. Donde huele a canela y, a unos pocos pasos, a mierda. Un sitio donde, caminando cogidas de la mano, puedes ver a una chica de exuberante figura que enseña sin ningún tipo de pudor sus redondos encantos y a otra tapada de pies a cabeza con los ropajes pesados de la interpretación más rigurosa de las leyes de un islam malinterpretado al capricho de los hombres. Y todo lo demás es, también, así. Quizás por eso sea tan fascinante a nuestros ojos.

sábado 7 de noviembre de 2009

La Mezquita del Cristo de la Luz; Una Córdoba en pequeñito

Como muchas de las iglesias de nuestras ciudades castellanas, fue esta del Cristo de la Luz antes mezquita de ‘moros’ tal como se dice por estos pagos sin que esto sea insulto alguno, pues la palabra, convertida en afrenta por la ignorancia del vulgo y los intereses de la ortodoxia católica bienpensante, no es más que la traslación al castellano del latinazgo mauro, nombre con el que se conocía a los habitantes de la mauritania, provincia romana que ocupaba gran parte del actual Magreb. Pero sigamos a lo nuestro. La leyenda cuenta que cuando las tropas de Alfonso VI entraron por las bravas en la ciudad (esto ocurría en el año 1085) el caballo que montaba uno de los caballeros (unos dicen que el mismísimo Cid Campeador) se negó a avanzar justo a las puertas de la mezquita. Pese a todos los esfuerzos, fue imposible hacer desistir al rocín de su terquedad y alguien avispado vio en aquello un signo divino.

Un soldado, impulsado por una fuerza superior e inexplicable, cogió una maza y avanzó hacia el muro del templo mahometano derribándolo de un certero ‘pilonazo’ que dejó al descubierto un hueco del que salía una luz tenue y vacilante. Al introducir la cabeza, el soldado pudo ver la efigie de un crucificado iluminado por una lámpara de aceite que, milagrosamente, se había mantenido encendida más de tres siglos, momento en el que los últimos visigodos cristianos escondieron allí la imagen para salvarla del avance de los musulmanes. El cristo de la luz se convirtió, así, en uno de los símbolos de la nueva y cristiana Toledo.

Como suele suceder en estos casos, la realidad es más parca en fantasías que las leyendas y los mitos. Basta con leer la inscripción de la fachada (que estuvo oculta durante siglos) para darse cuenta de que el edificio no estaba allí cuando la España visigoda se derrumbó ante el empuje de Tariq y sus guerreros bereberes allá por el 711 de nuestra era. Escrito en pequeñas piezas de ladrillo, la inscripción reza así: “En el nombre de Allah. Hizo levantar esta mezquita Amahd ibn Hadidi, de su peculio, solicitando la recompensa ultraterrena de Allah por ella. Y se terminó, con el auxilio de Allah, bajo la dirección de Musa ibn Alí, el arquitecto, y de Sa’aada, concluyéndose en Muharram del año 390”. O sea, que no sólo fue construida por un particular, miembro de una de las familias más poderosas del Toledo islámico, sino que se abrió al culto entre finales del 999 y principios del 1000.

Más allá del encanto de las leyendas o de los fríos datos de la realidad, la Mezquita del Cristo de la Luz es uno de los edificios más interesantes de Toledo. Primero, por ser uno de los más antiguos y de los pocos que no fueron radicalmente modificados tras la toma cristiana de la ciudad y, segundo, por ser uno de los mejores ejemplos de arquitectura islámica de la Península Ibérica. Es apenas un rectángulo de 7,74x8,60 metros que resume la maestría de la Mezquita de Córdoba. Nada más y nada menos. La majestuosidad de uno de los edificios más bellos del mundo resumidos en 66 metros cuadrados. Capacidad de síntesis se dice. Sus nueve cupulillas, tres naves que miran a un mihrab hoy desaparecido, son todo un homenaje a la obra cumbre del califato cordobés con una disposición que deja la crucería central ligeramente más elevada que sus ocho vecinas, esquema que repiten otros oratorios de Túnez y Egipto.

Tanto las fachadas como el interior son una síntesis maestra de los estilos constructivos de la España musulmana. Un ejemplo claro es su fachada principal, que cuenta, en su cuerpo inferior, con tres partes perfectamente diferenciadas. El central está presidido por un arco de medio punto flanqueado por otro de herradura y un tercero lobulado. En el cuerpo superior se localiza la inscripción fundacional. En los laterales se repite un esquema con un primer cuerpo con arcos de herradura contenidos por arcos de medio punto y un segundo cuerpo con arcos ciegos trilobulados con dovelas alternadas en rojo y blanco. Los paralelismos con Córdoba son, como ves espigado viajero, más que patentes.

Ya en el interior, los esquemas califales son también claros con una organización en T de los tres espacios de la quibla que queda cubierta por cúpulas que recuerdan a las plantas de las mezquitas de Córdoba y Medina Azahra. Más allá del paralelismo arquitectónico, este pequeño oratorio privado demuestra que Córdoba logró imponer una unidad política férrea frente al endémico estado de división de la sociedad islámica hispánica. Hoy, el Mihrab ha desaparecido. Las tres naves están divididas por graciosos arcos de herradura que aprovecharon capiteles visigodos para rematar sus columnas.

Después de la ocupación cristiana, el edificio quedó bajo la custodia de la iglesia católica (lo que la salvó de la destrucción) y se convirtió en iglesia en el mismo año de la conquista cristiana. En el año 1187, el edificio fue ampliado con la construcción de un ábside de estilo mudéjar decorado, en su exterior con arcos ciegos, en el que se pintaron (en su interior) interesantes pinturas de estilo románico.

A tener en cuenta

También se la conoce como la Mezquita de al Bab al Mardum, ya que está muy cerca de la antigua puerta musulmana del mismo nombre.

Hasta 1899, la fachada de la mezquita quedó oculta por la llamada ‘casa del santero’, lo que ocultó la valiosa información de la fachada hasta la demolición de este inmueble, un hecho que arrojó mucha luz sobre el origen del edificio.

Excavaciones recientes en los alrededores de la mezquita han dejado al descubierto restos de una calzada romana y de las canalizaciones que llevaban el agua hasta la ciudad en época imperial.

Para saber más: http://toledoolvidado.blogspot.com

Mezquita del Cristo de la Luz
C/ Cuesta de las Carmelitas Descalzas, 10
Tel: (+34) 925 254 191
Horario: L-X y D 10.00 – 18.45; V y S 10.00-14.00 y 15.30-18.45
Mail: cristodelaluz@terra.es
Entrada: 2,30 (Visita guiada)